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¿Para qué leer literatura? Experiencia y hospitalidad

 

Confianzas

se sienta a la mesa y escribe
«con este poema no tomarás el poder» dice
«con estos versos no harás la Revolución» dice
«ni con miles de versos harás la Revolución» dice.

Juan Gelman

 

 

 

 

¿Para qué escribir? ¿Para qué hacer uso de la palabra? ¿Por qué estamos empecinados en denunciar si no somos capaces de anunciar nuestros sueños? ¿Qué puede y que no puede la lectura, la palabra literaria y el encuentro con el otro?

Pienso en el destinatario de este artículo al momento de sentarme a escribir. Pienso que tal vez busque encontrar aquí algunas claves que le permitan pensar acerca del poder de la palabra y la lectura de literatura en el encuentro con el otro y por ende, con su ser en sí.

Contextualizando el tópico abordado, se torna relevante aclarar que la insistencia política de promover la lectura de literatura es una idea bastante reciente. Durante mucho tiempo, a lo largo de nuestra historia como humanidad, la lectura fue una cuestión de clase que permitía sostener premisas de un mundo de distribuciones desiguales y de accesos restringidos a determinados capitales. Se pensaba que para no tensionar lo instituido era indispensable naturalizar ciertas ideas sobre la vida, la relación con el otro y los principios de justicia, que no pusieran en peligro la realidad estandarizada. Una difusión de la lectura y por ende de las ideas, podría traer aparejada fuerzas instituyentes capaces de develar que el mundo no era, sino que estaba siendo.

Ahora bien, cuando se hizo visible que leer no era solo decodificar signos escritos, sino la capacidad de interpretar el mundo, describirlo y actuar sobre él, es cuando se pensó que costaban mucho menos las escuelas que las rebeliones. Es allí, donde bajo el discurso de la identidad nacional argentina y la uniformidad de pensamiento se buscó instaurar prácticas rutinarias de institucionalización del orden de lo “civilizado”. Por ende, mediante esta voluntad de control o dominio, se le impuso al lector en proceso de construcción la premisa de desear lo obligatorio, es decir, la cultura legitimada que luchaba contra la barbarie.

No obstante, la historia de la sociedad nos interpela y anuncia que los lectores y lectoras se escapan por los intersticios, los poros y los márgenes de los textos. No hay nada más indómito que un lector o lectora en un encuentro con esta herramienta de multiplicación de los sentidos llamado libro. Es ahí, cuando descubrimos que la lectura es una experiencia humana irremplazable, incontrolable, que ayuda a encontrar palabras para decir y decirse, a reencontrarse, a llenar nuestra experiencia humana de simbolizaciones y ser más sujetos de nuestro destino. Es, además, una herramienta para abrirse al otro y lo otro, para no temerle, para animarse a transitar experiencias disonantes. Nos permite recibir, como un profundo acto de amor, a un extranjero que golpea nuestra puerta de la subjetividad para convivir en armonía o generar alteraciones en nuestro ritmo de vida.

¿Para qué sirve la lectura entonces? Tomando los planteos de Michéle Petit (2001), la lectura puede ser una herramienta para dotar de sentido la experiencia de alguien, construir identidades o reconstruirlas, poner en palabras sueños, deseos y miedos. Además, puede constituirse como un espacio íntimo, privado y propio, que sirva tal vez para encontrar la fuerza necesaria para enfrentar las angustias y las miserias, donde poder ir y venir sin peligro, entregándose a la fantasía, a la imaginación para probar otro mundo posible dentro de este mundo y delinear trazos propios. Es cobijar un extraño, un extranjero, dentro de sí. Abrirse hacia otro, establecer un diálogo con la realidad, para salir desde donde estamos, decidir voluntariamente el destino de nuestras vidas, para pensar el inédito viable y estar mejor equipados para resistir los mecanismos de opresión. Derecho inalienable que permite acceder a diversos bienes culturales. “Pero a veces un encuentro puede hacernos vacilar, hacer que se tambaleen nuestras certidumbres, nuestras pertenencias, y revelarnos el deseo de llegar a un puerto en el que nadie nos espera”. (Petit; 2001; pág. 131).

La experiencia de la lectura, como afirma Jorge Larrosa (2000), itinerario hacia uno mismo mediado por el encuentro con otro (libro/promotor), como una invitación a la invención, al devenir otro, otro de lo que se espera en tanto condición de sí, escapando a su control pedagógico y dando la posibilidad de interrumpir o cuestionar la pedagogía misma.

Escribo, entonces, para interrumpir lo cotidiano, para que podamos hacernos un poco más dueños de nuestras propias vidas, protagonistas del cuento, para anunciar que la literatura sacude nuestras certezas y abre puertas insospechadas que nos invitarán a descolonizar la cultura y como afirma Gustavo Roldán (2014), seamos “aquellos que hicieron de la literatura un ejercicio permanente de búsqueda de la libertad, de búsqueda de los lugares secretos donde se encuentra lo mejor de la condición humana”.

Con este texto no tomarán el poder, ni harán la revolución, pero tal vez se vuelva invitación a pensar que las palabras, como afirma Roldán (2014), porque pueden acercarse a nombrar lo innombrable son una herramienta poderosa para cambiar el mundo y un soporte de la dignidad humana. Dejo estas palabras, como una herencia, para que encuentren nuevas respuestas a estas posibles preguntas. Parafraseando a Carlos Skliar (2005), “Si la escritura es un trazo, ese trazo comienza en el otro, se vuelve letra en el otro, es el trazo de la letra del otro”.

 

Bibliografía
  • Gustavo Roldán (2014). Para encontrar un tigre. La aventura de leer. Editorial Comunicarte. Córdoba. Argentina.
  • Jorge Larrosa (2000). Pedagogía Profana. Estudios sobre lenguaje, subjetividad, formación. Ediciones Novedades Educativas. Colección edu/causa. Argentina. Buenos Aires.
  • Jorge Larrosa (2003). La experiencia de la lectura. Estudios sobre literatura y formación. Editorial Fondo de Cultura Económica. Colección Espacios para la lectura. México. D.F.
  • Jorge Larrosa y Carlos Skliar (2006). Entre Pedagogía y Literatura. Miño y Dávila editores. Argentina. Buenos Aires.
  • Michéle Petit (2001). Lecturas: del espacio íntimo al espacio público. Editorial Fondo de Cultura Económica. Colección Espacios para la lectura. México. D.F.
  • Skliar Carlos y Frigerio Graciela (2005). Huellas de Derrida. Ensayos pedagógicos no solicitados. Editorial del estante. Buenos Aires.

Prof. Mauricio Emiliano Coudert.
Coordinador Provincial del plan de lectura.
Subsecretaría de planeamiento educativo.

 

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